OLYMPUS DIGITAL CAMERASer un recién llegado en la Casa del Obrero Estudiante no es tarea sencilla. Es sabido que toda casa tiene sus ritos de iniciación. Los habitantes de la COE suelen ser muy solidarios, amistosos y buenos compañeros, pero hay que reconocer que también se divierten preparando la bienvenida de los chicos nuevos.

Roberto Vignolo vivió en la casa de calle 9 de julio. Según rememora, en ese lugar, cada vez que llegaba un nuevo residente, los residentes más viejos salían a recibirlo afectuosamente y lo acompañaban a conocer los rincones de la casa. Le explicaban las normas de convivencia y, rápidamente, procuraban integrarlo a las actividades de la vida comunitaria. Después, venía el divertimento. 

“Cuando el pibe entraba en clima –recuerda Roberto- se le explicaba que Santa Fe era una ciudad grande y, asimismo, muy peligrosa”. Claro que toda la perorata no era más que un burdo relato pergeñado para hacer caer al novato en el chascarrillo de bienvenida. La charla continuaba, entonces, de la siguiente manera: “El problema es que nuestra casa no escapa a esta triste realidad santafesina. Por eso, durante cada noche, los residentes nos turnamos para hacer guardia. La vigilancia se organiza en turnos de 2 horas. La principal tarea consiste en estar atentos por si se mete algún desconocido, sobre todo por los fondos del terreno”.

Tras informarlo de la metodología, los viejos residentes le asignaban al recién llegado el primer turno de vigilancia: entre las 0 hs. y las 2 de la madrugada. También le entregaban un palo, como único arma de defensa ante las posibles invasiones nocturnas.

Suficientemente asustado y con mucho sentido de la responsabilidad, el nuevo residente tomaba su palo y se disponía a cumplir su turno de vigilancia. Los viejos residentes le indicaban, entonces, quién debía suplantarlo en el turno siguiente y en qué habitación dormía.

Llegadas las 2 de la mañana de la primera noche en la COE, el recién llegado iba a buscar a su reemplazo. Por supuesto, como se trataba de una falsa tarea, el reemplazante jamás se levantaba de la cama.

El nuevo residente, muy preocupado, solía quedarse montando guardia hasta el amanecer. “Al día siguiente, cuando los más viejos se levantaban, era día de gastadas y anécdotas para anotar”, se ríe Roberto. Más de un novato cayó en la broma de la vigilancia de esa legendaria casa.

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