En la habitación del “Pepe” Serra, alguien golpeaba la puerta insistentemente. Adentro, el cura disimulaba su gesto nervioso mientras Silvia se secaba las últimas lágrimas. Por un instante, los golpes se detenían, pero retornaban rápidamente, con mayor énfasis.

En la COE, la pieza del Pepe era casi un búnker. Allí trascurrían las charlas más profundas, los debates más acalorados. Ese día de 1966, el cuarto se había convertido en el refugio de Silvia, una joven estudiante de Santa Fe que, con apenas 18 años, acababa de perder a su papá. Se sentía desorientada y profundamente triste. Por esa época, Silvia participaba en los Grupos Juveniles del Movimiento Familiar Cristiano. “Tenía la fortuna de poder pedir ayuda espiritual y fortaleza a José María Serra”, recuerda ahora y agrega: “Pepe era un especialista en acomodarte las neuronas y cancelar todo intento de victimización”.

“En un tiempo en que no era común consultar a un psicoanalista, los curas hacíamos un poco de eso”, se reía Pepe rememorando aquella y otras tantas charlas con estudiantes y compañeros. Lo cierto es que esa tarde, después de escuchar y aconsejar a Silvia, al sacerdote no le quedó más opción que resignarse a la urgencia de quien no paraba de golpear la puerta, insistiendo en interrumpir la improvisada sesión.

Alborotado, un joven Osmar irrumpió en la habitación. “Cura, si querés que te arregle el calefón, tiene que ser ahora, eh. Mirá que yo después me voy a San Justo”, le advirtió en un discurso acelerado.

“Entonces Serra calculó que ya nuestra sesión podría darse por terminada y lo llamó para presentarnos formalmente”, repasa Silvia, quien ya ha contado esta historia cientos de veces a toda su familia y amigos. “Osmar se acercó. Yo lo miré. Él se hizo el apurado. Tomé mis cosas, me levanté y me fui”, completa.

bodaEn la casona de calle San Jerónimo, el frío de junio apretaba. Esa noche, gracias a la insistencia del sanjustino, Pepe pudo volver a bañarse con agua caliente. Y ese bendito calefón fue el puntapié inicial para una nueva historia.

Unos días más tarde, Osmar y Silvia se volvieron a cruzar en un picnic celebrado en una quinta de Guadalupe, en Santa Fe. Ambos lo recuerdan muy bien. Cuentan que se quedaron charlando toda la tarde, sin prestarle atención a nada más. “Nos despedimos en la puerta de mi casa y él me dijo que el jueves me vendría a buscar para dar un paseo”, agrega Silvia. Y Osmar cumplió.


“Ese jueves 9 de junio de 1966 me dio el beso más inolvidable. Fue en una esquina, sin gente y sin permiso.
No nos separamos nunca más”, me cuenta ahora Silvia, aún sonrojándose, en los pasillos del salón donde se celebran los 60 años de la Casa del Obrero Estudiante. Unos pocos años después, el mismísimo Pepe que los había presentado se ocupó de oficiar la ceremonia de matrimonio de Silvia y Osmar, que hoy viven en Rada Tilly, una pequeña ciudad al sur de Comodoro Rivadavia, donde dicen que se emplaza el balneario más austral de América.

La historia de Silvia y Osmar es inmensa y, sin embargo, es apenas el reflejo de otros tantos amores que se iniciaron en la COE con el guiño cómplice del Pepe, artífice de muchos encuentros y muchas bodas.

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